Asumamos –supuesto extremadamente fuerte (como contrasta nuestra historia)- que la presidencia de la República es asumida por un ciudadano responsable y decente. Asumamos también que este ciudadano tiene antecedentes laborales y políticos aceptables y algún grado de educación superior plausible.
Dada la estructura electoral, organizacional y legal de la Nación, quien ocupe el sillón de Francisco Pizarro cargará inexorablemente con una maldición cada día más afilada: Fracasará o configurará otra performance mediocre –solo destacable en comparación a otras presidencias regionales-. Causa recurrente: la frondosa y atornillada burocracia que lo acompaña (acompañó o acompañará).
A la burocracia de turno (lamentablemente un volumen de electores significativo en un mundo de elevado desempleo abierto) le importa poco si se quiere ofertar saneamiento. Aquí, incluso ideas lúcidas, quedan bloqueadas por un aparato que desde el ejecutivo (gobiernos central, local o regional) y desde fuera de él (otros poderes), está acostumbrado a callar, abusar y tolerar que la ley pueda ser cumplida discrecionalmente.
Cada uno de estos mandatarios, no rara vez acompañados por ciudadanos de la mayor capacidad e integridad -que trabajan día a día bloqueados por una inmensa mayoría de individuos no capacitados e inclinados a la corrupción en todas sus formas- pronto se enfrenta a la relidad. Ningún presidente peruano destaca por su buen gobierno. Más allá de ciertos aprendizajes macroeconómicos, y frente a un electorado masivamente excluido y no empleable, ha sido muy fácil que el primer mandatario afloje. Se resigne o se corrompa.
Desde mucho antes a Belaunde Terry hasta García Pérez –dictadores o electos que han guardado las formas- el fracaso económico los ha sellado. Aunque resulte impopular hacerlo, los peruanos tendremos que reconocer que la mayoría de los aciertos presidenciales, o –incluso- la diferencia mayor entre los más exitosos y los menos exitosos, usualmente proviene desde fuera del servicio público: o del sector privado o del exterior.
Claro que es posible romper esta maldición construyendo un servicio público diferente, liviano y respetable. Sin embargo, hacer esto no implica consensos ni retórica bonita: es algo doloroso. Requiere como condición sine cua non el implementar hoy despidos masivos y generalizados.
El fondo de esta reflexión pasa por recordarle, estimado visitante, que –ideologías o cercanías laborales afuera- si bien cada presidente tuvo sus mayores o menores virtudes, ninguno se atrevió a cambiar las cosas, ni pudo hacer mucho -bajo el actual status-quo- acompañado por la burocracia que aceptamos calladitos.
De hecho, los electores quieren lo imposible: burocracia de primer mundo… pero sin despidos. Recordemos el spot vargallosiano sobre el monito burocrático. Los electores lo mandaron a freír… monos.
Notémoslo bien: la elección de un nuevo presidente el 2011 puede descartar males mayores. Pero sólo eso. Mientras no podamos despedir velozmente a los que roban, abusan o no trabajan bien, los nuevos electos van a tener populalidad en caida libre o tarde o temprano.
El reto de dejar de lado nuestras tragedias presidenciales está todavía por resolverse. Y se ubica en nuestras propias cabezas.