Este lunes, como ya se está haciendo costumbre desde hace varios meses, volvemos a comenzar la semana con noticias de un adicional endurecimiento de la recesión en ambientes desarrollados y emergentes (China, Brasil, India et al). Sin embargo, el grueso de las revisiones locales sobre lo que pasó el 2008 en términos de crecimiento económico, exportación, recaudación de impuestos, captación de inversiones u ocupación, tienden a darnos la impresión que la recesión global “no nos está llegando”. Ésta impresión es acompañada por otra que sostiene que si bien algunos sectores sufrirán una pegada moderada, éste impacto focalizado podrá ser compensado por un manejo anti-crisis basado en esquemas de toda moda (inflar el gasto y la liquidez discrecionalmente). Sobre cualquiera de estos dos matices –y de la mano con la peligrosa creación de una comisión congresal anticrisis- se van colgando los vivazos de siempre. Y, cada vez con mayor popularidad, nos están contrabandeando la necesidad de acciones alternativas (léase: subsidios) a nombre de empleos y productores locales.
Juega a favor de estos vivazos –otrora nacionalistas y defensores de la manito estatal- que el gringolandia y en Europa se están socializando pérdidas y protegiendo a nombre de las mayorías a unos pocos vivazos de aquellos lares. En este artículo cuestionemos las cosas y reevaluemos lo que hacemos hoy. Con nuestro paquete anti-crisis y los subsidios que están en línea en los ministerios ¿Estamos haciendo lo correcto? ¿Hacer esto sería suficiente?
Económicamente hablando –frente a la recesión global- el plan anti crisis implica dos cosas: gastar más (en un ambiente de tipo de cambio fijo y ahorros previsionales atados a la plaza), y soltar crédito nominal discrecionalmente desde el BCR y el Banco de la Nación. Los subsidios sectoriales (hacia las Finanzas, Agricultura, Manufactura) serían un plus dependiente de la capacidad coercitiva de cada grupo de interés. Aquí la lógica económica es simplona. Como habríamos estado creciendo (supuestamente) llevados por el dinamismo de la demanda interna (gasto fiscal, consumo e inversión privados), bastaría con garantizar que ésta se mantenga dinámica.
Aquí esta el problema. Esta lógica hace agua al dejar de lado dos aspectos cruciales. El primero implica tener bien claro que la demanda interna ha podido crecer sostenidamente sólo gracias al dinamismo de la exportación y la captación de inversiones y remesas del exterior. El segundo –y no menos importante- implica recordar que con términos de intercambio rompiendo todos los registros históricos, el arrastrar un dólar distorsionado hacia abajo afectó nuestra competitividad, pasó como una suerte de defecto desapercibido.
Tengámoslo bien en claro también: los rescates bancarios e industriales que hoy vemos en el norte no van a ayudar. Masivamente aplicados –como es el caso- nunca han funcionado. Sólo introducen incentivos perversos y profundizan los problemas.
Dado este escenario, gastando hiperactivamente y perdiendo competitividad con un dólar al que no se le deja flotar, resulta previsible que el patrón actual de pérdidas de reservas internacionales se haga insostenible. Entonces será todo más complicado.
Enfoquémoslo bien: la recesión ya llegó y sus efectos locales dependerán de lo que hagamos. Estamos desenvolviéndonos ya en un ambiente con términos de intercambio y demandas en simultánea contracción, a lo que hay que añadir devaluaciones competitivas de rivales comerciales directos. El panorama global, como lo sostuvo la semana pasada el Director Ejecutivo del FMI, previsiblemente va a empeorar. Persistir con el esquema actual es equivocado.
Reaccionemos ahora que estamos aún a tiempo.