¿Cómo debería manejarse el dólar en el Perú? ¿Resultaría mejor un régimen determinado (fijo, reptante, flexible, etc.) ?
Esta es una interrogante que además de despertar pasiones y controversias, tiene en realidad una respuesta sencilla.
El mejor régimen cambiario para cualquier país es un régimen Fijo-Flexible. Un esquema de manejo cambiario consistente con altos niveles de estabilidad (léase: predictibilidad) en el precio nominal de la divisa y consistente –también- con un alto grado de flexibilidad real ante perturbaciones de mercado. En principio todo esquema cambiario bien manejado y coordinado con el resto de la política económica puede caer en esta categoría.
Por ejemplo, un esquema de convertibilidad, o currency board, puede resultar (como lo resultó en Hong Kong por décadas) una excelente alternativa; dado el manejo monetario que lo acompañó y la alta flexibilidad en los mercados no transables de la economía hongkonesa. A pesar del congelamiento legal del tipo de cambio nominal, la libertad económica y la profundidad de la competencia no transable le dio a este esquema cambiario la combinación de estabilidad nominal con flexibilidad real.
Notémoslo bien: éste no fue el caso de la Argentina de Domingo Cavallo. Allí se cometieron todos los errores que cualquier gestor de una caja de convertibilidad debe evitar. La falla no fue del esquema: fue de su gerencia.
Otro buen ejemplo lo dan la cantidad de países que hoy combinan un régimen de tipo de cambio libre o flotante con un manejo monetario serio. En ellos también el tipo de cambio nominal es relativamente estable (reflejo de la responsabilidad monetaria) y todo lo flexible que se requiere frente a variaciones en el nivel de escasez de las divisas.
El caso peruano actual, un régimen de flotación sucia que esconde la persecución de dos objetivos contradictorios (una meta inflacionaria simultáneamente a un piso y/o techo nominal), nótese dentro de un mercado severamente distorsionado por la imposición de una regulación que impide la plena diversificación del riesgo de los ahorros previsionales privados, dista mucho de ser recomendable.
Hoy por hoy nadie cree en la estabilidad del cambio. Así como pocos meses atrás el BCR tuvo que relajar sus patrones de inyección de liquidez y crédito nominal para emitir todo lo necesario para evitar un derrumbe nominal del tipo de cambio (en algún momento con un flujo anualizado de compras no esterilizadas cercano al 15% del PBI); sólo en los últimos cuatro meses –ante el nerviosismo despertado por la recesión global- el instituto emisor ha tenido que vender desesperadamente divisas por casi 6 billones de dólares. Flujo difícil de sostener en el tiempo.
Pero esto no es lo peor del esquema cambiario prevaleciente. En medio de una recesión global, dentro de la cual resulta clave tratar de ganar competitividad para exportar (y tratar de captar inversiones asociadas), el BCR irracionalmente bloquea la elevación del tipo de cambio nominal; mientras (como para maximizar los daños) eleva el dinamismo de los precios no transables con una política crediticia innecesariamente expansiva.
¿Qué deberíamos hacer?
Pues la respuesta es sencilla. Transitar hacia un sistema estable (nominalmente) y Flexible (en términos reales). ¿Y qué esquema es éste?
Pues cualquiera, pero bien administrado.
La inclinación personal de este bloguero va hacia un régimen de flotación (escrupulosamente esterilizado) y acompañado de un régimen de meta inflacionaria de a verdad. Otra vez nótese: para que el tipo de cambio sea libre debemos elininar las distorsiones prevalecientes en el mercado de divisas.
Una precisión final. Claro está que el tipo de cambio real siempre flota. Pero no basta que flote. Un tipo de cambio baratito, distorsionado por regulaciones torpísimas, claro que flota. Pero flota erosionando competitividad y engendrando una crisis en cuenta corriente, más temprano que tarde.